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"el nuevo orden" serie el hombre gris, 2016

viernes, 27 de enero de 2017

EL HOMBRE GRIS Y LOS MERCADERES DE LA ESPERANZA

"La silla " de la serie el hombre gris, 2016



El hombre gris y los mercaderes de esperanza


“El secreto para motivar a las personas y mantener su motivación es conseguir que piensen menos en sí mismas y más en el grupo. Compromételas en una causa, en una cruzada contra un enemigo aborrecido. Haz que consideren que su supervivencia está ligada al éxito del ejército en su conjunto. En un grupo en el que la gente está realmente unida, los estados de ánimo y las emociones son tan contagiosos que resulta fácil infectar de entusiasmo a tus tropas. Dirige desde el frente: que tus soldados te vean en las trincheras, haciendo sacrificios por la causa. Eso les llenará de deseos de imitarte y complacerte. Consigue que las recompensas y castigos sean raros pero significativos. Recuerda que un ejército motivado puede obrar maravillas, supliendo cualquier falta de recursos materiales”.


El arte de la guerra de Sun Tzu ha servido de referencia a numerosas generaciones para lograr el poder, desarrollando estrategias con las que tratar de salir victoriosos en la guerra que se escenifica de una forma constante en el mundo. En el fragmento seleccionado para comenzar este texto, procedente de una evolución contemporánea inspirada en ese conocido manual, queda clara una fórmula que ha sido aplicada hasta el delirio por los mandatarios de uno a otro confín: generar una narración inclusiva valiéndose de la colectividad para alcanzar fines particulares. Tanto se ha abusado de esa herramienta de persuasión que la población ha perdido su confianza en las promesas de las élites, que lamentablemente se ven reproducidas en las nuevas escenografías que pugnan desde abajo por el poder. La desesperación es el callejón sin salida tras un trato prolongadamente indigno a la ciudadanía, en ausencia real de horizontes.


Por “poder” entiende Manuel Castells la capacidad relacional que permite a un actor social influir de forma asimétrica en las decisiones de otros actores sociales de modo que se favorezcan la voluntad, los intereses y los valores del actor que tiene el poder. El poder se ejerce mediante la coacción –o la posibilidad de ejercerla- y/o mediante la construcción de significado partiendo de los discursos a través de los cuales los actores sociales guían sus acciones. Inevitablemente el empoderamiento de los actores sociales no puede separarse de su empoderamiento contra otros actores sociales. Pero el poder está, en realidad, repartido en todo el ámbito de la acción humana, teniendo por tanto un carácter relacional, sólo que ciertas manifestaciones concentradas de relaciones de poder derivan en modos de dominación, como es el caso del poder institucional.


La condición que apunta este autor como necesaria es la suma de voluntades individuales, de mentes individuales, para la construcción de redes capaces de influir en la configuración de la mente pública. Una vía es la participación en la producción cultural de los medios de comunicación de masas y el desarrollo de redes independientes de comunicación horizontal, subvirtiendo de este modo las prácticas de la comunicación tradicional. Para poder neutralizar el ejercicio injusto del poder en la sociedad red, es necesario conocer sus diferentes formas de dominio, observando el funcionamiento de una realidad de futuro que ya ha modificado el presente.


Gris corazón
Se han repetido críticas, como la de Raúl Eguizábal, al modo en el que esta época se ve sometida a estamentos de poder sentimentales e incompetentes, incapaces de mirar hacia delante y más preocupados en la misión de sobrevivirse a sí mismos que en impulsar una profunda y necesaria transformación. La clase política, salvo escasas excepciones, ha perdido toda posibilidad de liderazgo y se muestra en una posición muy por debajo de sus ciudadanos, más interesada en ocupar la programación de los medios de comunicación, con sus declaraciones elaboradas para cubrir titulares, que en resolver los asuntos públicos y sus corruptelas internas. Es imposible abordar los problemas del futuro con soluciones del pasado, del mismo modo que quien no comprende bien el presente y se mantiene anclado en posiciones pretéritas no podrá dar solución a la crisis.


Las viejas formas del poder totalitario son ya escasas, pues no son en realidad necesarias para detentar el poder absoluto sobre la población. La sociedad de consumo ha sabido ocupar los espacios de control social mediante la aplicación de un modelo de poder asociado a la idea de un estado benefactor, que se extiende de una forma cautivadora y dúctil sobre el espectro global de la vida de las personas, contando con su consentimiento implícito y a veces con su explícito entusiasmo. Estos poderes son denominados como poderes sentimentales, contra los que se considera que no existe demasiado margen para la rebelión o, en todo caso, un margen menor que el que podría darse contra los poderes tradicionales, más rígidos y obvios. Quizás la pérdida de la libertad y de las utopías sea el precio a pagar para lograr la engañosa sensación de perpetuo bienestar al que aspiraban nuestras sociedades. Pero, ¿cómo explicar a la ciudadanía que esas renuncias han de mantenerse a cambio de un estado de malestar?


Mientras que las formas de la cultura de masas han sido diseñadas desde arriba, la cultura popular o folclórica era creada desde abajo, desde el pueblo llano. Con la Revolución Industrial la clase trabajadora fue desarraigada y desposeída de la cultura tradicional, quedando en una situación de vulnerabilidad y a disposición para asumir los nuevos contenidos culturales difundidos a través de los medios de comunicación, el cine, la fotografía, la radio, la televisión, los videojuegos e Internet. Podría parecer que se trata sólo de nuevas formas de divulgación y de nuevos contenidos acordes a los tiempos, pero lo cierto es que esas formas y esos contenidos son una parte fundamental para el control social que conduce y determina los estilos de vida de la población. Habitualmente son procesos y herramientas de manipulación que permanecen a la vista de todos, para que nadie los vea. Lo complejo se esconde detrás de las formas simples y, ante la falta de señales de peligro, al individuo no se le activan los resortes naturales de alarma y autodefensa. Un ejemplo claro de la tranquilidad que el sistema transmite se da en el abandono de autoridad que los padres realizan entregando sus hijos a la televisión, confiando en ella la creación de referentes y modelos a imitar y delegando su corresponsabilidad en el sistema educativo. Inevitablemente esa cesión de responsabilidades en favor de la publicidad y los media comporta una renuncia en la configuración de los afectos y las emociones, que son tratadas como una mercancía más puesta a disposición de los consumidores y los usuarios. Según cita Eguizábal, el fundador de Revlon afirmaba que “En la fábrica producimos cosméticos, en las tiendas vendemos esperanza”. Algo parecido sucede en el campo de la estrategia política, se persigue el dominio aunque se proclame la liberación.


No parece que en la gran crisis, entre sus enormes incertidumbres y posibilidades, se valore la posibilidad de la desaparición del capitalismo, sino más bien la transformación del capitalismo de consumo en un capitalismo tecnológico. Si analizamos los procesos que han llevado a nuestra sociedad al momento presente, debemos atender a las sucesivas situaciones de abandono que la ciudadanía ha venido practicando en los distintos ámbitos de poder, tanto en lo que se refiere a la pérdida de autonomía personal como a la tolerancia con el modelo económico y político.


“(…) La tragedia de la crisis no son los desempleados, el cierre de las empresas, las colas en los centros de ayuda social, con toda la carga funesta que ello pueda tener; la tragedia es que la crisis se supere y se haya perdido otra vez una oportunidad real de cambio. Entonces volverán los traficantes de ilusión, los mercachifles de esperanza, para vendernos sus baratijas sentimentales”.


Solo gris
El arte, desplazado a un rincón de la escena mediática, ha perdido en sí mismo cuota de influencia sobre el espectador, bien por estar concebido como un objeto estético perteneciente al orden mercantil, desprovisto de discurso, o por contener conceptualizaciones que requieren de una participación reflexiva. Sin embargo, conforme apunta Lipovetsky, la publicidad ha abandonado cualquier pretensión más allá de lo esencial, satisfaciéndose con grabar a fuego en la memoria del consumidor el nombre de la marca, proliferando con ello la simpleza de planteamientos y el empobrecimiento referencial de la colectividad.




"autocolgado" de la serie el hombre gris, 2016



Cayetano Ferrández en sus trabajos, habitualmente realizados en vídeo, soporte fotográfico e instalación, se apropia en cierta medida de los modos de comunicación visual de la publicidad, da vida a escenas procedentes de la más absoluta artificialidad para, mediante muñecos elevados al estatus de modelos interpretativos, desarrollar micro-relatos con personajes que narran un trasfondo de angustias con las que la publicidad nunca salpicará nuestras retinas. En la propia elección de los personajes, el artista nos da señas ya de una voluntad de cuestionamiento acerca del doble papel de la individualidad. Por una parte desarticula al grupo mientras, por otra, lo homogeniza en los estándares de una nueva cultura infantilizada pero concebida para el consumo adulto. La obra de Cayetano Ferrández se compone de imágenes que encierran una gran carga simbólica invitando a múltiples reflexiones, pudiendo evocar situaciones como la de “la masa de ciudadanos que va quedando indefensa ante la pérdida de la protección que significaban las pensiones, la seguridad laboral o la enseñanza pública, que no sólo va en incremento sino que entra en unas nuevas formas de pobreza que origina la paradójica situación de subdesarrollo en el hiperdesarrollo industrial. Treinta y ocho millones de pobres censados en Estados Unidos resulta un dato alarmante en el paraíso de la economía actual”. Son las contradicciones que quedan invisivilizadas en el gran panóptico que administra y modera la imagen global de nuestra sociedad, y en las que el artista profundiza dando forma a su personal metalenguaje.


Hay modos de expresión que, como la poesía y el arte, encuentran actualmente una especial dificultad de comunicación por la impermeabilidad sensitiva que se ha extendido a causa del uso masivo de otros formatos comunicativos, más intrascendentes en cuanto a su contenido, más eficaces en lo que respecta a sus pretensiones finalistas y obviamente más peligrosos en lo que se refiere al vaciamiento mental con el que son aplicados. Las fábulas de antes han sido sustituidas por nuevas y brillantes representaciones donde lo humano queda reducido al orden indolente de la profilaxia, abasteciendo la conciencia de rechazo respecto al diferente, hasta establecer los cánones del miedo ante el discurrir de lo imprevisto, lo ocasional.


El desarrollo artístico de Cayetano Ferrández es coherente y profundamente comprometido con la realidad de su tiempo, cumple con su obra ese mandato por tantos artistas asumido a lo largo de los siglos: levantar acta de la sociedad que les ha tocado vivir. Esa aportación contribuye a la redacción subjetiva de fragmentos del presente de los que se nutrirán quienes, en el futuro, deban narrar nuestra historia.


No es la actual crisis ni la última coyuntura económica la que ha motivado el proyecto El hombre gris, sino que su enfoque y su preocupación estética sobre esta materia social es precedente al desencadenamiento de las circunstancias actuales. Prueba de ello es el extenso trabajo que atesora, del que se muestra aquí una selección. Por lo tanto no debe hacerse una lectura oportunista del mismo, sino que ha de ser interpretado más bien como un creador que supo ver en los tiempos de bonanza –esos que cegaron a la mayoría- los peligros que acechaban en el sustrato de aquella travesía. Se anticipó con su análisis, ese es un dato a tener en cuenta. Como también es relevante indicar el esfuerzo discreto de este creador de imágenes, que no ha perseguido el efectismo deslumbrante que ha caracterizado a otras trayectorias en esa época.


La exposición y esta publicación, dedicada a la obra de Cayetano Ferrández, son el resultado de un proceso de selección y relectura de algunas de sus mejores narraciones visuales, formalizadas –por primera vez- a través de instalaciones escultóricas, además de las propias reproducciones fotográficas y gifs animados que añaden dinamismo a la presentación de las escenas compuestas por el artista. El cuidado de los detalles es la clave de su método de trabajo, a partir de la concepción de historias convertidas en cápsulas que contienen una gran expresividad formal y conceptual.


El recorrido por la sala, trasladado a estas páginas, supone una continua sucesión de equilibrios que compactan emociones e intensidades narrativas. Equilibrios entre la riqueza de formatos y soportes desarrollados por el artista, para evitar la monotonía resultante de la tradicional sucesión de imágenes de las muestras de fotografía al uso. En este caso el espacio ha sido interpretado bajo parámetros instalativos, mediante una composición capaz de aportar musicalidad y ritmo visual a la visita. Atrapar la atención del espectador ya no es suficiente, El hombre gris de Cayetano Ferrández requiere introducirse en un universo singular, que aporta al visitante una experiencia estimulada a través de varias capas de información. La iluminación de la sala, cargada de teatralidad, incrementa el dramatismo para acentuar la espacialidad de la propuesta.




"inclinación" serie el hombre gris ,2016





Gris gris
Mientras aumenta la bolsa social de pobreza, una parte importante del diseño, de la moda, del arte, de la arquitectura o del lujo se muestran imperturbables ante la realidad, como emblemas de un modelo decadente de sociedad, donde el verdadero lujo sería poder liberarse de convivir con tantas y tan innecesarias cosas. La Gran Depresión encontró en la producción masiva y en el consumo la fórmula para hacer remontar la economía mundial a partir de la década de 1930. Curiosamente la evolución de ese resorte estimulante del capitalismo ha desembocado ahora en una crisis aún mayor, con el añadido de unos efectos ambientales nunca antes conocidos. Cada objeto, cada producto, cada viaje condensa en sí mismo la representación del potencial destructor de la actividad económica humana, pues no se trata de un objeto, la cuestión es que se cuentan por millones, y no es cosa de hacer un viaje, el problema es que cada vez que viajamos, sea el día que sea, en cualquier medio de transporte que elijamos, a cualquier lugar, encontramos que las estaciones, los puertos, los aeropuertos están repletos de viajeros. Democratización, sí, por la posibilidad de acceder a la adquisición de bienes y a disfrutar de servicios pero, aunque dispusiéramos individualmente de los recursos necesarios para realizar esas adquisiciones, ¿podemos realmente pagar la factura mundial que eso produce? ¿Nos hace personalmente mas felices o es pura adicción al consumo? Puede que la velocidad tenga mucho que ver en esta alteración de la percepción pues, como indica Deyan Sudjic, “hoy en día, el acto de ir de compras es el resultado de una aceleración vertiginosa del ritmo al que consumimos”. La sensibilidad es una característica humana que se ha visto devaluada en ese periodo de exaltación de la materialidad desprovista de ética.



"en construcción" serie el hombre gris, 2016





Vida gris (o no tan gris)
La idea de felicidad, y más todavía la obsesión por alcanzarla y mantenerla, es un enigma que es objeto de estudio desde hace siglos. El proyecto de ser feliz, como menciona Pascal Bruckner, tropieza con tres paradojas. Por una parte, la felicidad es algo difícilmente aprehensible por lo que su búsqueda, a fuerza de imprecisión, acaba convirtiéndose en algo intimidatorio. Por otra parte, una felicidad saciada conduce al aburrimiento o a la apatía, así que para evitar la frustración de una felicidad inalcanzable y la indiferencia de una felicidad saciada sería necesario un estado ponderado entre la saciedad y el deseo. Y, finalmente, la permanente huída del sufrimiento nos dejaría desarmados frente a él cuando este resurgiera.


Sin embargo, a la vez, se ha desarrollado en nuestro contexto geopolítico una especie de mercado del sufrimiento explotado mediaticamente, que va ligado a la ampliación del derecho. Esta nueva relación con el sufrimiento se ve participada por la necesidad de reparación de determinadas situaciones de injusticia. El primer paso consiste en reconocer que la desgracia es un elemento constitutivo de la condición humana, de la que se deben sacar unas enseñanzas, a la vez que es necesario introducirla de nuevo en el lenguaje común, integrándola, a fin de acabar con la fascinación que produce cuando es presentada de un modo marginal o encubierto. A los recursos tradicionales de la Antigüedad y del cristianismo se suman las numerosas terapias y fármacos que la modernidad introdujo como forma de aislarla. Hoy, todo revuelto, se ha convertido en asidero al que el individuo intenta cogerse en un intento de dar solución a sus problemas mediante su disolución, queriendo que estos simplemente desaparezcan.
La búsqueda de la felicidad puede, en ocasiones, ser la manera en la que alejamos de
nosotros cualquier posibilidad de ser felices. A veces el individuo dispone de todo lo necesario para su felicidad, sin que sea capaz de reparar en ello debido a que nuestra obsesión nos niega la claridad suficiente pare reconocerla, consumidos en una espera del acontecimiento excepcional, sin poner en valor los signos de lo cotidiano ni atender al potencial básico de los afectos. Para Bruckner al artista le corresponde mostrarnos que la vida que llamamos corriente es cualquier cosa menos corriente, pues una revolución estética es, en primer lugar, una revelación que rejuvenece al mundo, que abre en él perspectivas inéditas. A ese respecto, El hombre gris de Cayetano Ferrández posee la capacidad de revelar al espectador la riqueza narrativa de la vida monocroma, como una forma de decir al espectador que “lo corriente es siempre lo excepcional invisible, igual que lo excepcional es lo corriente exhumado”.


El problema de vivir sólo para la felicidad es que supone vivir sólo para unos pocos momentos, desechando todos los demás que son en realidad el grueso de una vida.
Aceptar la totalidad nos deriva irremisiblemente a aceptar la banalidad. Cuando en 1998 una joven de Washington creó en Internet un sitio que permitía verla andar por su casa las veinticuatro horas del día, siendo testigos del desarrollo de sus modestas tareas diarias, supuso poner de relieve la realidad de la gran masa desposeída de acontecimientos, creando una numerosa comunidad virtual integrada por aquellos a los que nunca les pasa nada excepcional.


Cayetano Ferrández representa a la perfección en su obra eso “nada excepcional” que marca las pautas de la vida gris. La opresión y el abuso sobre los individuos son una constante en su discurso. Incapaz de negar la evidencia de un sistema que exprime de un modo constante a la población, Ferrández le dedica toda una oda visual para testimoniar mediante recursos simbólicos la depravación del sometimiento en las dos direcciones, pues el miedo subyuga al individuo y condiciona su realidad de un modo implícito.


Dueños del color
Dice Bauman, al principio de su ensayo sobre el miedo líquido, que “el miedo es más
temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible de ver en ningún lugar concreto”. Con esa misma dificultad nos encontramos para determinar quienes son los “culpables” de las catástrofes que se suceden, a diferentes niveles, en el mundo. Es prácticamente imposible asignar la responsabilidad, el verdadero factor de origen, de un número creciente de circunstancias amenazantes, como la arbitrariedad de sus efectos. Desde los pozos petrolíferos que se secan, o que evacuan directamente al mar contaminándolo, a las redes de energía que se averían, la caída de las Bolsas, la desaparición o el fraude de empresas hasta entonces todopoderosas, la destrucción de miles de puestos de trabajo que creíamos estables o los accidentes aéreos de los aviones comerciales. La lista de los peligros de nuestro tiempo es inacabable y cada día se suma a ella más motivos con los que la población alimenta un miedo irrefrenable que, en forma de “alertas globales”, afectan por igual a los prudentes y a los imprudentes.


Ante la amenaza permanente que nos azota, el sistema crea sus propios mensajes, no
en vano nuestra sociedad es la más endeudada de la historia. Ante un futuro incierto se impone la lógica de la tarjeta de crédito: obtener placer hoy a costa de consumir recursos futuros pues, al fin y al cabo, ¿quién sabe lo que puede suceder mañana? Lo único seguro es que seremos “expulsados”, antes o después, como en el programa televisivo Gran Hermano, donde los telespectadores son libres de elegir a qué concursante expulsar cada semana, pero según las normas del juego no puede no expulsarse a nadie, la elección que se ofrece está condicionada a la necesidad del sacrificio. Un amplio sector del público parece disfrutar cada semana con ese ritual de inmolación por el que, por unos instantes, es uno quien tiene la posibilidad de influir en el destino de los otros. En oposición, el destino de todos permanece permanentemente en peligro, pues desde la aplicación de la teoría de la Destrucción Mutua Asegurada la humanidad dispone del armamento necesario para provocar un suicidio colectivo, entendida esta fórmula como la manera de garantizar la supervivencia de la especie. Algo relativamente parecido entiende Bauman que es el deber de los sociólogos: anunciar las catástrofes a las que la humanidad puede verse abocada, con la esperanza de que esta tome medidas para evitar esos desastres. Desde esa misma lógica, Cayetano Fernández representa en gris un panorama elíptico con el que aborda un pasado para el análisis, un presente sobre el que intervenir y un futuro por planificar.

José Luis Pérez Pont
Texto para el catalogo de la exposición "el hombre gris" Centro del Carmen, Valencia 2015